Los riesgos del cambio climático y de las catástrofes naturales tienen un coste cada vez más alto para las empresas y los países de todo el mundo. Solo en Europa, las sequías, las olas de calor y las inundaciones del verano pasado supusieron pérdidas superiores a 43 000 millones de euros, según un estudio de la Universidad de Mannheim y del Banco Central Europeo. Bulgaria, Chipre, Grecia y Malta, con costes superiores al 1 % de su producto interior bruto, seguidos de España (con una de las peores olas de incendios forestales que se recuerdan), fueron los países más afectados por los eventos meteorológicos extremos del verano de 2025.
Los datos a largo plazo también indican el aumento de estos impactos. Los fenómenos extremos causaron pérdidas económicas de 822 000 millones de euros entre 1980 y 2024 en la Unión Europea, pero más de 208 000 millones de euros (una cuarta parte) se acumularon solamente en el último lustro, según el European Climate Risk Assessment, publicado por la Agencia Europea del Medioambiente. El informe señala que, dado que se prevé que los fenómenos meteorológicos y climáticos extremos se intensifiquen todavía más por el cambio climático, es probable que las pérdidas económicas asociadas sigan aumentando.
En el último Natural Catastrophe Review – January 2026, los expertos de WTW profundizan en los eventos catastróficos que han impulsado el debate sobre el riesgo climático durante los últimos meses. El informe examina las presiones estructurales, las señales de alerta que se pasaron por alto y las vulnerabilidades del sistema que permitieron que los eventos extremos tuvieran un gran impacto. A continuación, repasamos las principales claves del informe.
Las catástrofes naturales causaron más de 100 000 millones en pérdidas de bienes asegurados a nivel mundial en 2025. Se trata del sexto año consecutivo en que se alcanza o se supera esa cifra, pero también supone 40 000 millones menos de pérdidas que en 2024. Esto puede inducir una falsa sensación de seguridad. Los expertos de Willis Re, una empresa de WTW, señalan que el cambio climático sigue intensificando los riesgos físicos y ampliando las zonas expuestas, lo que incrementa la probabilidad de que se den acumulaciones de pérdidas difíciles de absorber.
El análisis del riesgo ya no puede limitarse a los departamentos técnicos de las empresas. Los expertos de Climate Practice, WTW destacan que cada vez es más necesario que los equipos de gestión de riesgos colaboren estrechamente con las áreas de sostenibilidad y de estrategia corporativa, integrando la información climática en la toma de decisiones y en el diseño de productos.
Los incendios forestales se han consolidado como uno de los grandes focos de preocupación en el último año, con los casos de la península Ibérica o de California como ejemplos importantes. Décadas de sequías y de temperaturas más altas de lo normal y la expansión urbana hacia zonas de contacto con las masas forestales han creado las condiciones para siniestros de gran magnitud. La tendencia no es algo puntual: los incendios de Eaton y Palisades, en el condado de Los Ángeles, a comienzos de 2026, destruyeron más de 18 000 edificios y arrasaron cerca de 155 kilómetros cuadrados.
Las indemnizaciones ya pagadas superan los 22 000 millones de dólares y podrían acercarse a los 40 000 millones cuando se cierren todos los expedientes, según los datos disponibles. Para el sector asegurador, la principal lección es que los modelos basados exclusivamente en datos históricos resultan insuficientes, en su lugar, debemos ajustar los modelos de incendios forestales a las condiciones actuales, usar características detalladas a nivel de activo para complementar los datos de exposición y aplicar estimaciones realistas de los costes de reemplazo.
El riesgo de incendio debe tratarse como un componente estructural de las carteras, al mismo nivel que los grandes riesgos tradicionales.
Otro patrón cada vez más visible es la ocurrencia de eventos múltiples en cortos periodos de tiempo, lo que aumenta exponencialmente los impactos. En Filipinas, varios tifones de gran intensidad coincidieron con episodios sísmicos, generando daños acumulados muy superiores a los que habría provocado cada fenómeno por separado. Este tipo de eventos compuestas plantea desafíos tanto operativos (como retrasos en la tramitación de siniestros) como financieros. Al mismo tiempo, abre la puerta al desarrollo de nuevas soluciones de financiación del riesgo que contemplen la posibilidad de este tipo de impactos en cadena.
La temporada de huracanes del Atlántico Norte en 2025 fue inusual. El número total de tormentas que alcanzan la intensidad suficiente como para tener nombre propio se situó dentro de lo esperado. Sin embargo, la proporción de huracanes respecto al total de tormentas tropicales fue menor de lo que se preveía y casi todos los que alcanzaron ese nivel acabaron convirtiéndose en potentes huracanes de categoría 4 y 5.
Una de las hipótesis es que el calentamiento más uniforme del océano y, en particular, del Caribe está favoreciendo procesos de intensificación más rápida, reduciendo el tiempo que las tormentas pasan en categorías intermedias. Huracanes como Melissa, que alcanzó categoría 5 e impactó en Jamaica, Cuba, Bahamas y Bermudas, dejan claro que el potencial destructivo sigue siendo muy alto. Además, los científicos climáticos también contemplan la posibilidad de que el calentamiento de las aguas prolongue la temporada y modifique los patrones meteorológicos habituales, complicando aún más la planificación.
El aumento de la temperatura global intensifica el ciclo hidrológico, lo que se traduce en episodios de lluvias más intensos y concentrados. En la segunda mitad de 2025 se registraron inundaciones significativas en áreas que no figuran como zonas de alto riesgo en los mapas tradicionales. Nuestros expertos subrayan la importancia de prestar atención a las inundaciones causadas por precipitaciones que superan la capacidad de los sistemas de drenaje. Este tipo de eventos puede generar pérdidas relevantes incluso lejos de ríos o costas.
Las grandes tormentas caracterizadas por tornados, granizo y vientos convectivos han pasado de ser consideradas un peligro secundario a protagonizar algunos de los episodios de mayores pérdidas económicas de los últimos años, en especial en Estados Unidos. En Europa, aunque la exposición a estos eventos es menor, se observa un aumento del riesgo de granizo en países como Italia, Suiza, Austria y el sur de Francia, lo que tendrá implicaciones destacadas en los seguros de automóviles, de agricultura y de vivienda.
El Katrina, el huracán de categoría 5 que en 2005 devastó las costas del golfo de México desde Florida hasta Texas (destruyendo buena parte de la ciudad de Nueva Orleans), marcó un antes y un después en la percepción del riesgo catastrófico. Desde entonces, el sector asegurador ha mejorado su capacidad de modelización, incluyendo aspectos antes ignorados, como el colapso de las infraestructuras, y ha desarrollado una mayor diversificación geográfica del riesgo. Sin embargo, es probable que la próxima catástrofe de escala ‘Katrina’ no será simplemente una repetición del propio evento, , por lo que es necesario ampliar la visión sobre los riesgos, incluyendo un abanico más amplio de posibilidades. Esas posibilidades podrían incluir eventos pasados ajustados de forma realista (por ejemplo, ¿y si el huracán Milton de 2022 hubiera tocado tierra más cerca de Tampa Bay, como se pronosticó inicialmente?). En lugar de planificar para la última catástrofe récord, la industria debería usar su imaginación para prepararse para un evento que será tan sorprendente como lo fue Katrina en 2005.
En definitiva, los riesgos climáticos y de catástrofes naturales siguen evolucionando más rápido que la mayoría de los marcos de análisis tradicionales. Para seguir siendo resiliente, la industria aseguradora deberá invertir en mejores datos, modelos más dinámicos y una integración real del riesgo climático en la estrategia de negocio. Puede que 2025 no fuese el año más costoso de la historia, pero la tendencia está clara: los eventos extremos y las catástrofes naturales no son algo excepcional, sino una consecuencia habitual del cambio climático con un gran potencial disruptivo del panorama económico global.