
Los seres humanos somos racionales. Eso quiere decir que tenemos la capacidad de pensar, analizar la situación y actuar en consecuencia para tomar mejores decisiones (y más consistentes). Sin embargo, que tengamos esa capacidad no quiere decir que la usemos constantemente. Nuestras decisiones están guiadas, muchas veces, por emociones y están cargadas de sesgos cognitivos.
Estos sesgos funcionan como atajos a la hora de pensar y nos ayudan a tomar decisiones más rápidas a cambio de descartar buena parte de la información disponible. Tienen su razón de ser, pero cuando nos enfrentamos a determinadas decisiones, también pueden convertirse en un obstáculo.
¿Cómo influyen los sesgos cognitivos en el ahorro?
A la hora de ahorrar a largo plazo, los sesgos cognitivos nos hacen tomar decisiones que no siempre son consistentes ni eficaces. Y esto es algo que nos afecta a todos: incluso las personas informadas y conscientes de cómo funcionan los mecanismos de ahorro toman malas decisiones previsionales debido a los sesgos psicológicos.
La relación entre los sesgos y el ahorro ha sido objeto de estudio de la llamada economía del comportamiento desde hace tiempo. A continuación, repasamos los principales sesgos cognitivos y su influencia en nuestras decisiones financieras.
El sesgo del presente
Ahorrar implica dejar de hacer algo hoy para garantizar cierto bienestar en un futuro lejano. Pero nuestro cerebro, aunque tiene la capacidad de planificar a largo plazo, tiende a priorizar el bienestar inmediato por encima de los beneficios futuros. Esto es lo que se conoce, en economía conductual, como el sesgo del presente.
Cambiar un sistema requiere mucha más energía que mantenerlo en su estado actual.
La mayoría de las personas son conscientes de la importancia de ahorrar para la jubilación, pero son pocos los que adquieren un producto financiero para lograrlo, tal como se desprende de la Encuesta de Competencias Financieras del Banco de España. Esto tiene que ver en gran medida con el sesgo del presente: mientras el objetivo de ahorro a largo plazo se percibe como algo lejano y abstracto, las necesidades del presente son concretas e inmediatas. El resultado es retrasar la decisión de empezar a ahorrar, posponer el aumento de las aportaciones o priorizar sistemáticamente el consumo actual por encima del bienestar futuro.
Este comportamiento no responde necesariamente a una falta de información financiera. De hecho, la economía conductual ha demostrado que este sesgo afecta incluso a individuos con niveles elevados de educación financiera. Por ello, el reto del ahorro previsional no consiste únicamente en concienciar, sino también en facilitar la toma de decisiones, reduciendo la fricción con el sesgo del presente, inherente a la forma de pensar humana.
No cambiar o el sesgo de inercia
Miremos a donde miremos, la inercia está presente en nuestra sociedad. Cambiar un sistema requiere mucha más energía que mantenerlo en su estado actual, por eso tendemos a no querer cambiar las cosas. En relación al ahorro, esto se traduce en que muchas personas no toman decisiones activas sobre su jubilación porque prefieren mantener la situación actual, incluso aunque tengan información clara que indique las ventajas de cambiar.
Este sesgo de inercia explica, entre otras cosas, por qué muchos trabajadores retrasan su adhesión a los planes de pensiones de empleo que ofrecen sus empresas, mantienen aportaciones insuficientes durante años o no revisan sus inversiones con cierta periodicidad. En este contexto, la economía conductual ha demostrado que el diseño de los instrumentos de ahorro puede ayudarnos a esquivar este sesgo.
Por ejemplo, la inscripción automática en los planes de empleo o el incremento automático de las aportaciones multiplica la participación, precisamente porque aprovecha la tendencia natural a no modificar la opción inicial. Es decir, cuando el sistema está diseñado para facilitar buenas decisiones, las probabilidades de ahorro aumentan de forma considerable.
La aversión a la pérdida
Las pérdidas nos generan un impacto emocional mucho mayor que las ganancias equivalentes. Este sesgo, conocido como aversión a la pérdida, influye de forma directa en nuestras decisiones sobre el riesgo y el ahorro, y lleva a muchos inversores a adoptar estrategias que son demasiado conservadoras.
Las caídas temporales de los mercados tienden a generar incomodidad y ansiedad, incluso aunque sepamos que forman parte natural de cualquier inversión a largo plazo. Como consecuencia, algunas personas reducen su exposición a los activos con mayor riesgo y mayor potencial de crecimiento o incluso abandonan sus inversiones en momentos de volatilidad.
Este sesgo se ve multiplicado por el sesgo del presente, en lo que los economistas Shlomo Benartzi y Richard H. Thaler llaman la aversión miope a las pérdidas: cuanto más de cerca observamos las fluctuaciones del mercado, más riesgo creemos percibir. Sin embargo, el ahorro para la jubilación es un objetivo financiero a muy largo plazo, por lo que la rentabilidad final superará con creces las pérdidas puntuales que puedan producirse. Así, evaluar las inversiones constantemente nos puede conducir a decisiones contraproducentes que limiten la rentabilidad del ahorro.
Cuando tener demasiadas opciones nos paraliza
Tener muchas opciones no nos hace necesariamente elegir la mejor. De hecho, en determinados contextos financieros el efecto puede ser justo el contrario. Los productos de ahorro para la jubilación suelen implicar decisiones complejas que incluyen vehículos de inversión, perfiles de riesgo o escenarios futuros inciertos. Ante esta sobrecarga de información, muchas personas optan por no decidir, retrasar la decisión o recurrir a razonamientos simplificados.
De acuerdo con la economía conductual, uno de los sesgos más habituales es el de diversificar de forma ingenua, repartiendo nuestros ahorros de forma uniforme entre todas las opciones disponibles, independientemente de si esa distribución responde realmente a nuestras necesidades o a nuestro perfil.
Cuando existen demasiadas opciones, la complejidad de la decisión aumenta.
Otro de los sesgos es el bloqueo en la toma de decisiones. Cuando existen demasiadas opciones, la complejidad de la decisión aumenta. En consecuencia, la probabilidad de procrastinación, de bloqueo o de toma de decisiones poco eficientes también se multiplica. Así, desde el punto de vista del diseño de los planes de ahorro, es clave simplificar los procesos, reducir las fricciones y presentar las decisiones de forma clara y estructurada.
La economía conductual no solo explica los sesgos cognitivos y su influencia en el ahorro, sino que también nos permite tomar mejores decisiones y diseñar soluciones de ahorro más eficaces. Y es que las mejores decisiones financieras a largo plazo dependen de la voluntad individual y de la información de la que disponga el inversor, pero también de cómo está diseñado el producto y de cómo está estructurado el contexto en el que se toma esa decisión.
En resumen, determinados factores psicológicos como la inercia, el sesgo del presente o la aversión a la pérdida influyen de forma decisiva en cómo planificamos nuestro futuro financiero. En un contexto en el que la responsabilidad individual sobre la jubilación está aumentando por la necesidad de complementar la previsión del sistema público, es clave combinar educación financiera con diseño conductual para mejorar el bienestar financiero a largo plazo.
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